NUEVA YORK (AP) — Amanda Morales despide a sus hijos que se van a la escuela desde la entrada de una iglesia gótica, sin animarse a salir a la calle por temor a lo que pueda pasar si abandona el templo en el que se refugió hace dos meses y donde se siente prisionera.

Morales ocupa desde agosto dos pequeñas salas de la Iglesia Episcopal Holyrood en el Alto Manhattan en la que se refugió luego de que el servicio de inmigración dispusiese su deportación a Guatemala. Afirma que no puede regresar a su país de origen y que no quiere dejar a sus tres hijos, todos nacidos en Estados Unidos, por lo que optó por buscar santuario en un templo religioso.

“Con tanto encierro, siento que me voy a volver loca”, expresó la mujer una mañana reciente mientras sus dos hijas mayores se dirigían a la escuela acompañadas por una voluntaria y ella se quedaba en la iglesia con su hijo menor. “Hay noches en las que casi no puedo dormir”.

Al menos dos docenas de inmigrantes sin permiso de residencia se han refugiado en iglesias de Estados Unidos desde que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas intensificó sus arrestos de extranjeros con un status irregular. Los arrestos aumentaron un 40% tras la llegada de Donald Trump a la presidencia. Morales ofreció una idea de su experiencia a la Associated Press, describiendo lo que es su vida bajo la ansiedad asociada con el hecho de que está escondida todo el día, excepto por algunas escapadas aisladas a un dentista cercano o salidas ocasionales a las escaleras de la iglesia.

Tiene razones para sentirse ansiosa. Como fugitiva, puede ser arrestada en cualquier momento, aunque el ICE, como se conoce al servicio de inmigración por sus siglas en inglés, generalmente considera las iglesias “sitios sensibles” y no ingresa a ellas en busca de inmigrantes.

Morales despide a sus hijas cuando se van a la escuela desde el ingreso a la iglesia, sosteniendo la botella de leche de su otro hijito, que juega en pijama en los bancos de madera. Es el único momento del día en el que ve la luz del sol.

Se pasa la mayor parte del día en la pequeña biblioteca de la iglesia, donde hay dos literas en los que duermen ella y sus hijos, y una sala adjunta en la que hay una nevera, una pequeña mesa, unas pocas sillas y un microondas. Comen platos sencillos y abundantes macarrones con queso o chicharrón y yuca.

La imponente iglesia está vacía en la mañana de un día laborable. Morales pasa buena parte de su tiempo conversando con los feligreses de este barrio mayormente hispano. Tres veces a la semana, mientras sus hijas están en la escuela, los voluntarios le dan clases de inglés mientras su hijo David, de dos años, mira dibujos animados en su teléfono. Las dos niñas --Dulce, de diez años, y Daniela, de ocho-- regresan por la tarde acompañadas por otro voluntario y la famila trata de pasarla lo mejor posible en la iglesia.

“Jamás imaginé que me iba a pasar esto a mí”, señaló Morales, sacudiendo la cabeza con un gesto de tristeza.

Desde el 2014, se sabe de al menos 50 casos de personas que buscaron santuario en iglesias por problemas relacionados con la inmigración, según el reverendo Noel Anderson, coordinador del Servicio Mundial de Iglesias, una organización de Nueva York que apoya al movimiento santuario. De ellas, 30 se refugiaron bajo el gobierno de Trump, que asumió en enero con la promesa de adoptar mano dura hacia la inmigración ilegal.

Dieciocho de esos 50 consiguieron que sus órdenes de deportación quedasen en suspenso. Más de la mitad están en una situación indefinida, incluida Morales, temerosas de ser detenidas en cualquier momento, como ocurrió con varios inmigrantes de Virginia que fueron arrestados en febrero al salir de un refugio para indigentes en una iglesia metodista.

No es ninguna sorpresa que Morales acuda a una organización religiosa en busca de ayuda. Es oriunda de Dolores, en el departamento del Petén, a unos 240 kilómetros (150 millas) al noreste de la capital, donde la iglesia católica era uno de los edificios más grandes y el centro de la vida comunitaria. Pasó su infancia no muy lejos de la frontera con México, en una región que esconde muchas ruinas mayas entre su vegetación. La zona, no obstante, era extremadamente pobre y escaseaba el trabajo.

Igual que tantos guatemaltecos, emigró al norte para buscar trabajo y mandarle dinero a su familia. Fue detenida en el 2004 cuando intentaba ingresar a Estados Unidos desde México por Texas. Un juez emitió una orden de deportación cuatro meses después.

Pero Morales, que había recuperado la libertad a la espera de que se procesase su caso, nunca se fue. Vivió primero en Maryland, con una hermana que falleció en un accidente en el 2006, y luego en Long Island, en las afueras de Nueva York, en un barrio que se llenó de centroamericanos que le escapan a la pobreza y la violencia de las pandillas de sus países. Trabajo en una tintorería y tuvo otros empleos en negro. No quiso hablar del padre de sus hijos.

En el 2012 se vio involucrada en un accidente automovilístico y las autoridades de inmigración dieron nuevamente con ella. Acudía a sus citas anuales con el servicio de inmigración. Pero hace pocos meses se le dijo que sacase un pasaje de ida solo a Guatemala y ella decidió refugiarse en la iglesia con la ayuda de la Coalición Nuevo Santuario, una agrupación de personas de distintas fes que ayuda a los inmigrantes sin papeles.

Trump ha dicho que toda persona que esté en el país sin permiso puede ser deportada. Ello contrasta con la actitud de su predecesor Barack Obama, quien había dicho que quienes llevaban mucho tiempo en el país y no tenían antecedentes penales no eran una prioridad. Más de 97.000 inmigrantes sin permiso de residencia fueron detenidos en los primeros ocho meses del año, lo que representa un aumento del 43% en relación con el mismo período del 2016, según el ICE.

Morales teme pasar a ser parte de esas estadísticas, por lo que trata de conservar la calma y mostrarse positiva ante David, quien rara vez la deja y juega en sus faldas, le tira del cabello, la besa y la hace cosquillas en las orejas, riéndose. Dice que llevar a sus hijos a Guatemala no es una opción.

“Les quito el futuro a mis hijos si vamos a Guatemala”, expresó.

Mientras Dulce y Daniela asisten a un programa que ofrece un grupo comunitario en la iglesia para los niños cuando salen de la escuela, Morales pone a David a dormir y mira un programa en español por televisión, con el volumen bajo. Durante el día a menudo mira en su teléfono fotos y videos de las piñatas con motivo de los cumpleaños de sus hijos en su patio de Long Island y habla emocionada sobre su gran familia y sobre su trabajo más reciente en una fábrica de instrumentos de cuerda.

El pastor de la iglesia, Luis Barrios, dijo que ella puede permanecer allí todo el tiempo que sea necesario. En general esto quiere decir algunos días, semanas o varios meses, dependiendo de cuánto se demore el gobierno en tomar medidas, generalmente dejando en suspenso la deportación temporalmente.

Una tarde reciente, las niñas y David se sentaron en el piso y trataron de armar un volcán de juguete. Morales se quejó porque Daniela había comido solamente un huevo hervido y un poco de mango en la cena. Las niñas hicieron algunas tareas y leyeron en la cama.

"Me digo a mí misma que esto va a terminar un día”, afirma Morales. “Esto se va a acabar un día".

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El reportero de la Associated Press Philip Marcelo colaboró en este despacho desde Boston.