LONDRES (AP) — Apenas era un adolescente cuando la guerra civil terminó en Sri Lanka, de modo que su edad le libró de ver los horrores del conflicto.

Pero el año pasado, la brutal violencia dio con el Testigo #205.

Violado, marcado y golpeado, es uno de los más de 50 hombres que dijeron haber sido secuestrados y torturados por el gobierno actual de Sri Lanka. Los testimonios, inéditos hasta ahora, recuerdan a las imágenes de la sangrienta guerra civil que terminó en 2009.

Los hombres accedieron a contar sus historias a The Associated Press y a mostrar para las cámaras las cicatrices de sus piernas, pechos y espaldas en julio y agosto. AP revisó 30 evaluaciones médicas y psicológicas y entrevistó a 20 hombres. Los desconocidos dijeron haber sido acusados de intentar reavivar el grupo rebelde Tigres de Tamil y narraron torturas entre principios de 2016 y julio de este año.

Las autoridades de Sri Lanka rechazan las acusaciones.

“El Ejército no estuvo implicado, y en ese sentido estoy seguro de que tampoco la policía estuvo implicada”, dijo la semana pasada el teniente general Mahesh Senanayake, comandante del Ejército, en una entrevista con AP en Sri Lanka. “No hay motivo para que hagamos eso ahora”.

El ministro responsable de la policía accedió a una entrevista con AP el mes pasado, pero finalmente no la concedió.

El actual gobierno de Sri Lanka fue elegido en 2015. Muchos confiaban en que el nuevo liderazgo trajera reformas prometidas desde hacía años.

Piers Pigou, investigador sudafricano de derechos humanos, dijo que no había visto torturas de esa escala en sus 40 años de carrera.

“Los niveles de abusos sexuales cometidos en Sri Lanka por las autoridades son los más escandalosos y pervertidos que he visto”, dijo.

Sri Lanka tampoco ha investigado por ahora las acusaciones de crímenes de guerra derivadas de sus 26 años de guerra civil. A finales de agosto, grupos de derechos humanos en Sudamérica presentaron demandas contra el embajador de Sri Lanka en Brasil, un exgeneral acusado de supervisar las unidades militares que atacaron hospitales y torturaron a miles de personas al final de la guerra. Cuando el embajador regresó a su país, el presidente de Sri Lanka, Maithripala Sirisena, dijo que no se tocaría al exgeneral ni a otros “héroes de guerra”, una promesa criticada por grupos de derechos humanos.

Sin embargo, la posición internacional de Sri Lanka está mejorando. La Unión Europea restauró en mayo el estatus comercial especial que Sri Lanka había perdido en 2010 después de que la Comisión Europea concluyera que el país no había aplicado convenciones internacionales clave. También participa en misiones de paz de Naciones Unidas.

La nación del océano Índico fue invitada a participar en un comité de la ONU contra los abusos sexuales. Una investigación de AP descubrió este año que 134 cascos azules de Sri Lanka participaron en una trama de corrupción de menores en Haití que se mantuvo durante tres años. Nunca se procesó a nadie.

Zeid Ra’ad al-Hussein, destacado diplomático de la ONU que ha presionado para que exijan responsabilidades en Sri Lanka, se mostró consternado por las declaraciones de los 50 hombres a AP.

“Aunque la ONU no puede confirmar esto mientras creamos una investigación, claramente los reportes son espantosos y ameritan un escrutinio mucho mayor por nuestra parte, especialmente si ocurrieron en 2016 y 2017”, dijo Zeid, alto comisionado de la ONU para los derechos humanos.

El representante de Sri Lanka en Londres, Amari Wijewardene, declinó varias peticiones de entrevistas.

El International Truth and Justice Project, un grupo activista gestionado por la Foundation for Human Rights, ha recabado testimonios de más de 60 esrilanqueses en Europa, 52 de los cuales formaron parte de la investigación de AP. El grupo ha presionado a gobiernos y organizaciones internacionales para conseguir justicia para las víctimas.

La mayoría de los hombres dijeron que sufrieron abusos sexuales o violaciones, en ocasiones con palos forrados de alambre de espino. La homosexualidad es ilegal en Sri Lanka, y la violación conlleva un estigma social.

El Testigo #205 dijo que estuvo 21 días retenido en una pequeña sala donde lo violaron 12 veces y lo colgaron boca a abajo. También sufrió quemaduras con cigarrillos y golpes con varas de hierro. Otro hombre describió cómo cinco hombres lo secuestraron en su casa, lo llevaron a una prisión y lo metieron en una “sala de tortura” equipada con cuerdas, varas de hierro, un banco y cubos de agua. Había manchas de sangre en las paredes.

Un tercero dijo que los prisioneros se acostumbraron al sonido de los gritos. “El primer día nos asustó mucho, pero después nos acostumbramos a ello porque oíamos gritos todo el tiempo”.

Pese a la vergüenza de los abusos sexuales, los hombres dijeron que se sentían obligados a contar sus historias.

“La guerra contra los tamiles no se ha detenido”, dijo a AP un hombre de 22 años, conocido como Testigo #205, durante una entrevista en julio.

A diferencia de algunas de las víctimas, el Testigo #205 admitió haber formado parte de los Tigres de Tamil en los últimos años de la guerra. Cojea al andar por un pedazo de metralla aún alojado en su pierna izquierda.

El año pasado se casó con su novia de la escuela secundaria, pero poco después de su boda fue capturado en la calle y horas más tarde llegó a una sala de torturas.

Su padre terminó sobornando a los agentes de seguridad para liberar a su hijo, que huyó a Inglaterra.

Los tamiles afirman que el gobierno sigue persiguiéndolos dentro de un plan más amplio para destruir su cultura.

Los solicitantes de asilo en Europa esperan ahora las decisiones sobre sus peticiones. Algunos están aterrorizados por la posibilidad de que se los envíe de regreso.

Muchas de las víctimas se reúnen cada semana en una iglesia de Londres para recibir clases de inglés y sesiones de terapia.

“La raza humana no habría sobrevivido si no pudiéramos sobrevivir al trauma”, dijo Caroline Remmele, que supervisa algunas de las terapias. “Pero no es un camino fácil”.

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La periodista de Associated Press Katy Daigle contribuyó a este despacho desde Colombo, Sri Lanka.