NUEVA YORK (AP) — David Gaskin sale a la calle con un megáfono. Los autos lo esquivan. Él los fulmina con la mirada.

Este ex pandillero se pone el megáfono en la boca y empieza a transmitir el mensaje que tiene grabado en su camiseta, en su gorra de béisbol anaranjada, en sus muñequeras y en su sudadera de Adidas: “Dejen de disparar. Empiecen a vivir”.

“Si están listos para hacerle frente a la violencia de las armas, griten ‘¡estoy listo!’”, le dice a la muchedumbre que empieza juntarse.

“¡Estoy listo!”, responde la gente.

Gaskin eligió este punto del barrio Bedford-Stuyvesant de Brooklyn porque fue aquí que tres días antes fue baleado un individuo. Su acto sigue al pie de la letra los postulados de Save Our Streets (S.O.S.), una de varias agrupaciones que buscan poner fin a la violencia en la ciudad más grande de Estados Unidos usando ex pandilleros para tratar de prevenir balaceras, que son como brotes de una enfermedad contagiosa.

Este verano, en que ha habido un aumento en las matanzas de gente joven, estos “interruptores de violencia” han trabajado horas extras: Predicando para que los tiroteos no sean considerados algo normal, recorriendo sitios claves para prevenir incidentes e interviniendo personalmente para mediar en peleas, incluso si hay armas dando vueltas.

“Somos la infantería”, dice Rudy Suggs, ex vendedor de drogas que ahora supervisa a los ex pandilleros que trabajan para S.O.S. “Somos los que vienen de noche en busca de jóvenes en riesgo, que venden drogas, apuestan, hacen cosas que no deberían estar haciendo”.

En general estos “soldados” son ex pandilleros del mismo barrio, algunos de los cuales han estado en prisión. Hay actualmente 18 grupos que combaten la violencia en barrios peligrosos de la ciudad, cuatro más de lo planeado originalmente en el marco de las iniciativas del alcalde Bill de Blasio para mantener bajos los niveles de violencia y asesinatos al tiempo que se mejoran las relaciones entre la policía y las comunidades minoritarias. Chicago, Baltimore y Filadelfia tienen agrupaciones similares.

“Cada vez hay menos policías desalentando estos comportamientos y más organizaciones de este tipo que alientan una buena conducta”, afirmó Elizabeth Glazer, directora de la Oficina de Justicia Penal de la alcaldía, que tiene un presupuesto de 34 millones de dólares anuales para programas como este.

La policía envía agentes cuando hay balaceras y los ex pandilleros coordinan la respuesta con ellos, tomando recaudos para no interferir. A veces la policía deja que ellos traten de mediar en situaciones tensas, pero cuando los agentes deciden tomar cartas en el asunto, los ex pandilleros no se meten. Los ex pandilleros, por otro lado, no le dicen a la policía lo hablado con los revoltosos, lo que les permite mantener la confianza de la comunidad.

Charlene Shields, quien vive muy cerca de la oficina de S.O.S. en Bed-Stuy, dice que algunos residentes no confían en la policía porque a veces usan una fuerza excesiva. Y considera al personal de S.O.S. como gente que está allí para apoyarlos.

“Si no hubiese gente de S.O.S. velando por nuestros hijos, caeríamos presas del pánico todo el día”, señaló. “Cumplen con su trabajo. Son necesarios en la comunidad”.

Estos “interruptores” de violencia encaran desafíos particulares este año: 16 chicos de entre 10 y 18 años han muerto en incidentes violentos en la ciudad en los primeros siete meses, lo que equivale al total del año pasado. Y desde mayo, un 15% de las víctimas de homicidios en la ciudad han sido de 18 años o menores. Una de ellas fue Lesandro “Junior” Guzmán Feliz, asesinado a puñaladas por un grupo de individuos en una bodega del Bronx, en un episodio que fue filmado y que causó conmoción en las redes sociales.

Organizaciones como S.O.S. consideran que esas matanzas no son episodios aislados que no hay forma de evitar. Los ven como la consecuencia de una serie de eventos, como una discusión en una cancha de básquetbol o una pelea que desemboca en una balacera. Estas peleas se tornan fatales cuando nadie interviene, por eso es vital el papel mediador de los ex pandilleros.

Estos mediadores van a los hospitales después de incidentes violentos para consolar a las familias y evitar represalias. Cada vez que hay un incidente, en un máximo de 72 horas organizan un acto en el lugar del episodio y usando megáfonos, consignas y carteles tratan de concientizar a la gente para que combata la violencia.

“Transmitimos el mensaje de que esto no es aceptable”, dice Tiffany Murray, quien maneja el programa de S.O.S. en Bed-Stuy. Frente a su oficina hay carteles que se actualizan a diario: “5 días desde la última balacera”.

Sus tácticas fueron elaboradas por Gary Slutkin, un epidemiólogo que trató numerosas enfermedades infecciosas en países en desarrollo. Cuando regresó a Chicago y comenzó a estudiar los mapas de los homicidios en la ciudad, se dio cuenta de que parecían mapas con brotes de cólera o de VIH. Dijo que los brotes de violencia requieren “trabajadores del campo de la salud que tienen acceso, disponibilidad y confianza”. Como los ex pandilleros de S.O.S.

Mientras patrullaban su sector una tarde reciente bajo un fuerte calor, Lawrence Brown y Joshua Simon se detuvieron en un sitio donde la gente jugaba a los dados, bebía o asaba carne. Si se armaba una discusión acalorada, Simon y Brown intervenían para calmar los ánimos.

“Ahora nos involucramos en una cantidad de situaciones”, comentó Simon. “Hace calor, hay más gente afuera y más reuniones”.

El programa parece estar dando resultados. Cuando S.O.S. comenzó a operar un programa en Crown Heights en el 2010, la zona que patrullaba había registrado 24 balaceras en un año. El año pasado hubo solo tres.

Tanto Brown como Simon han estado presos y aprovechan esa experiencia para advertir a los jóvenes sobre al rumbo que desean tomar.

“Terminas en una celda de seis por ocho (pies, o dos por tres metros aproximadamente)”, dice Simon. “Cuando les digo eso, prestan atención”.