QUEBEC, Canadá (AP) — Por generaciones, los agricultores de América del Norte han despreciado el algodoncillo y hecho lo posible por deshacerse de él.

“Detesto tener algodoncillos en mis campos de fresas”, dice Nathalie Leonard, quien tiene una granja en Lac-du-Cerf, en la provincia canadiense de Quebec.

Si es así, ¿por qué plantó 24 hectáreas de algodoncillo?

La respuesta es sencilla: Por el bien de las icónicas mariposas monarcas. Y para, de paso, ganar algún dinero con el algodoncillo.

“Las malezas son malezas si crecen en el sitio equivocado”, dice Leonard, quien espera haber encontrado el sitio justo para el cultivo.

Leonard integra Monark, una cooperativa de granjeros de Quebec y el estado estadounidense de Vermont que, alentados por la perspectiva de ayudar a preservar las monarcas y de explotar un nuevo mercado, empezaron a cultivar una planta que antes veían como un estorbo.

Todo empezó cuando investigadores de Quebec transformaron las sedosas fibras del algodoncillo en material altamente aislante que puede ser usado en ropa de invierno y con otros fines comerciales, como aislar sonidos y absorber manchas de petróleo. Los abrigos rellenos de fibra de algodoncillo salieron al mercado en el 2016 y se venden por 800 dólares, si no más. La miel del algodoncillo, por otra parte, se cotiza mucho.

La empresa creada para procesar y vender la fibra quebró el año pasado, obligando a los granjeros a tomar la iniciativa. Si bien se preparan para la mejor cosecha desde que comenzaron con este experimento hace cinco años, no está claro qué se hará con la fibra.

Las monarcas, con sus espectaculares colores anaranjado y negro, dependen del algodoncillo, la única planta donde depositan sus huevos y el único sustento para las orugas, que se alimentan de las secreciones lechosas de sus hojas. El algodoncillo tiende a extinguirse por el desarrollo urbano y los herbicidas.

Un ritual anual --el momento en que se parten los capullos secos y el viento se lleva las pelusas con sus semillas-- estaba desapareciendo.

Pero en los últimos años, en que empezó a trascender el drama de las monarcas, comunidades, escuelas y jardineros empezaron a cultivar algodoncillos al costado de carreteras y en terrenos públicos para tratar de preservar las mariposas. Un estudio del 2017 de la Universidad de Guelph en Ontario indicó que no hay nada más efectivo con ese fin que el cultivo de algodoncillos, que se ven desde grandes alturas, en tierras ricas y lejos del tráfico y la contaminación.

Cuando la agrónoma de la Universidad de Vermont Heather Darby se enteró de la iniciativa de Quebec, a través de un individuo que exhortó a granjeros de Vermont a que se sumasen a la campaña, pensó que era una locura. El algodoncillo es tóxico para el ganado. Un estudio dice que provoca una “profunda depresión” en las vacas si llegan a comerla. Su presencia en una granja le da mala reputación, es un signo de que no está bien atendida.

“Cielos, ahí viene alguien con una idea loca que quiere que los granjeros cultiven algodoncillo”, pensó en su momento. “Pero escuché lo que tenía que decir”.

Tras enterarse de que cientos de agricultores de Quebec ya cultivaban algodoncillo, contactó a granjeros de Vermont que consideraba innovadores, “gente que te escucha, que no se ríe demasiado fuerte y que podría probar”.

Ahora, más de 100 granjeros de Quebec y una media docena de Vermont están produciendo algodoncillo para la cooperativa Monark, de la que Nathalie Leonard es su presidenta.

LA PLANTA

La promesa ecológica y económica del algodoncillo convenció a Roger Rainville de que destinase 20 de sus mejores hectáreas al cultivo de algodoncillo en Alburgh, Vermont, cerca de la frontera con Canadá.

“Tenía una hermosa plantación de alfalfa”, dijo Rainville. “Le digo a los granjeros que si prueban con este cultivo nuevo, lo hagan en sus mejores tierras”.

Afirmó que recibe llamadas de granjeros de todo el país que le preguntan cómo poner en marcha el cultivo del algodoncillo.

“¿Qué mejor oportunidad de preservar un insecto que tanta gente quiere en todo el mundo?”, preguntó Darby. “Y que una iniciativa agrícola sea tan beneficiosa”.

El algodoncillo tarda entre dos y tres años en florecer y producir los capullos llenos de pelusas. Cuando se afianzan, pueden resultar irresistibles.

Leonard recogerá su primera cosecha a fin de año. Lo hará a mano, porque todavía no hay forma de hacerlo mecánicamente preservando las fibras para indumentarias, que son el aspecto más lucrativo del cultivo.

Es una cosecha corta, de unas tres semanas, un proceso intenso e ineficiente.

“Si encontramos la forma de cultivarla más rápido, secarla y darle buena calidad, compradores no nos van a faltar”, dijo Leoanrd. “Somos pioneros. Podemos perderlo todo. Así es esto. Hacen falta soñadores, gente lo suficientemente terca que siga adelante cuando todos te dicen que hay que parar”.

LA MARIPOSA

La población de monarcas está partida en dos por las montañas Rocosas: Las que están al este pasan el invierno en México, decenas de millones. Y hay cantidades más pequeñas al oeste de las montañas que emigran a California. Su migración es un milagro de la naturaleza: Estos delicados insectos viajan hasta 5.500 kilómetros (3.400 millas), a veces hasta el sur de Canadá. El viaje completo de ida y vuelta toma varias generaciones, ya que las mariposas viven nueve meses.

Las autoridades mexicanas dijeron en marzo que las mariposas cubrieron 2,5 hectáreas el invierno pasado, lo que representa una declinación del 15% atribuida en parte a brutales tormentas. Hace 20 años cubrían más de cinco veces ese territorio.

Ahora el ciclo continúa. En la granja de Rainville han visto huevos de monarcas en las hojas.

Esperan que la cantidad de mariposas vaya aumentando a medida que se “corra la voz” de que hay algodoncillo allí. Ya ha aumentado en Quebec, donde empezaron a plantar algodoncillo antes.

En los próximos meses las mariposas enfilarán hacia el sur.

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Los reporteros de la Associated Press Samantha Shotzbarger (Nueva York) y Chloe Kim (Washington) colaboraron en este despacho.