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La generación de Woodstock echa una mirada al pasado

Por JENNIFER PELTZAugust 15, 2019
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En esta foto de archivo del 8 de agosto de 2019, Karen Breda posa para la foto en un jardín en West Hartford, Connecticut. Breda asistió al festival de Woodstock para escuchar a The Who, Jimi Hendrix, Jefferson Airplane y Crosby, Stills, Nash & Young entre otras bandas y músicos. (AP Foto/Jessica Hill)
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En esta foto de archivo del 8 de agosto de 2019, Karen Breda posa para la foto en un jardín en West Hartford, Connecticut. Breda asistió al festival de Woodstock para escuchar a The Who, Jimi Hendrix, Jefferson Airplane y Crosby, Stills, Nash & Young entre otras bandas y músicos. (AP Foto/Jessica Hill)

NUEVA YORK (AP) — Fue el fin de semana que dio forma a la imagen de la “generación Woodstock”. Y esa imagen repercutiría en las generaciones siguientes, como una señal convocante y provocadora.

Para muchos de los que asistieron o desearían haber estado ahí, el festival de “paz y música” hace medio siglo sigue siendo un punto de inflexión, un momento emblemático de la contracultura y el pensamiento juvenil.

“Fuimos por la música y encontramos mucho más, algo mucho más importante: camaradería”, dijo Karen Brenda, que tenía 17 años cuando fue a Woodstock. Recuerda que se sintió parte de “una generación que pensaba que nada podía detenernos. Paz. Amor. Todo eso”.

Para otros estadounidenses, Woodstock fue un alarde indignante de permisividad y despreocupación en tiempos de guerra. Y algunos no buscaron su identidad musical ahí.

“No hubo una generación única del baby boom. No hubo una interpretación única del significado de Woodstock”, dijo el historiador David Farber. Pero Woodstock se convirtió en una “visión anhelante de lo que la juventud contracultural creía poder lograr en Estados Unidos”.

Breda no fue a Woodstock en busca de una visión de la sociedad. Acababa de terminar la escuela secundaria, le gustaban los conciertos de rock y los tres días del festival incluían a The Who, Jimi Hendrix, Jefferson Airplane y Crosby, Stills, Nash & Young, entre muchos otros.

Después de mentirle a sus padres acerca de dónde iba, llegó desde Boston para encontrarse con una masa anonadadora de gente, carpas, mantas, humo de marihuana, pachulí e improvisación.

Los organizadores habían vendido 186.000 entradas; finalmente acudieron unas 400.000 personas al festival en Bethel, Nueva York, unos 130 kilómetros al noroeste de la ciudad de Nueva York.

Escaseaban el espacio, el agua y los sanitarios. Había poca seguridad. Abundaban la lluvia y el barro. Breda y sus amigos durmieron en su auto al quedar separados de otro vehículo que transportaba sus equipos de campamento. Acercarse al escenario requería una caminata larga y ardua.

Pero recuerda sobre todo lo que sucedía entre la gente: se conocían, compartían sus provisiones, tocaban juntos guitarra.

En una época de enconadas protestas contra la Guerra de Vietnam, Woodstock “parecía trascender el furia que evidentemente mucha gente sentía. Era el hecho de estar juntos, de ayudar a alguien que necesitaba algo”, dijo Breda, profesora de enfermería en la Universidad de Hartford en Connecticut. “La música hablaba por nosotros”.

Esa sensación de comunidad y serenidad no sólo impresionó a los asistentes, a pesar de las decenas de arrestados por drogas, los problemas de salud desde lastimaduras en los pies descalzos hasta crisis por LSD y dos muertes, una por sobredosis de heroína y otra de un adolescente atropellado, según los despachos de la época de The Associated Press.

No hubo informes de violencia, y un jefe de policía dijo que nunca había conocido a “un grupo de chicos tan amables, considerados y bien educados”. Max Yasgur, el agricultor que alquiló su tierra al festival, dijo que conocerlos “me obligó a abrir los ojos”.

“Creo que Estados Unidos tiene que prestar atención”, añadió.

Y lo hizo. En muchos casos con desdén.

Muchos estadounidenses vieron en Woodstock el espectáculo de hippies drogados, desnudistas y promiscuos que retozaban en la mugre, con “poco más cordura que los impulsos que llevan a los lemmings a arrojarse a morir al mar”, como dijo el New York Times en una editorial (sin dejar de reconocer que “esos intrusos de aspecto extravagante observaron una conducta asombrosamente buena”).

Y para algunos, Woodstock sería un símbolo perdurable de las divisiones de la Guerra de Vietnam: de un lado, una multitud de jóvenes reunidos por la “paz y la música”; del otro, más de medio millón de sus coetáneos combatiendo en Vietnam.

“Estoy seguro de que fue un suceso cultural y farmacológico. Yo estaba ocupado en ese momento”, dijo en célebre frase el recordado senador John McCain en 2007.

Su alusión a los cinco años y medio que pasó en Vietnam del Norte como prisionero de guerra recibió una ovación de pie en un debate de las internas republicanas. El expiloto de la armada ganaría luego la candidatura.

Dos años después, la revista de la organización de veteranos de guerra recordó el 40 aniversario de Woodstock con un artículo central sobre los 109 efectivos militares que murieron en Vietnam durante el festival y “jamás reciben elogios de los ilustres portavoces de la ‘Generación del 60’”.

Entre la audiencia de Woodstock había al menos un veterano de Vietnam, captado en una conocida foto. Entre los intérpretes estaba Country Joe McDonald, un veterano de la armada que revistó en Japón. Su tema antibélico “I Feel Like I’m Fixin’ To Die Rag” fue uno de los momentos memorables del festival.

“Algunos hablaban de la paz y cosas así, pero yo hablaba de Vietnam”, dijo McDonald en una entrevista telefónica.

La blasfemia que da inicio al tema “es una expresión de nuestra ira y frustración por la Guerra de Vietnam, que nos mataba, literalmente nos estaba matando”, dijo el cantante, impulsor de la erección del monumento a los veteranos de Vietnam en Berkeley, California, en los 90.

El mismo día que su banda, Country Joe & the Fish, actuaba en Woodstock, miles asistían a un concierto en un parque de Harlem, el barrio negro de Nueva York, donde la estrella Nina Simone cantó sobre el empoderamiento de los negros y recitó un poema que les preguntaba si “están preparados” para impulsar el cambio social.

Fue parte del Festival Cultural de Harlem, una serie de conciertos a la que se llamaría luego el “Woodstock Negro”.

A lo largo de seis domingos, unas 300.000 personas en total escucharon, entre otros, a Stevie Wonder, Gladys Knight & the Pips y _como los de Woodstock_ a Sly and the Family Stone.

“Para mucha gente fue como un mini Woodstock”, dijo Ethel Beatty Barnes, que asistió al concierto de Sly and the Family Stone en julio en Nueva York, cuando tenía 18 años.

Su madre no le permitió ir a Woodstock. Pero Beatty Barnes piensa que el festival en Harlem, patrocinado por la ciudad y transmitido por la TV en dos partes, era prueba de que no había que ir lejos para reunirse en torno a la música.

“Fue realmente grande”, dijo Beatty Barnes, actriz y cantante de Broadway.

Medio siglo después, el aniversario del Festival Cultural de Harlem se recuerda con un concierto en el mismo parque presentado por el rapero y activista Talib Kweli.

Por otra parte, se planean cuatro días de conciertos y eventos en el sitio de Woodstock, ahora conocido como el Centro para las Artes Bethel Woods.

Entre los artistas de 1969 estarán Santana y John Fogerty, pero el centro ha dicho claramente que no será libre ni gratuito: los asistentes necesitarán entradas y pases para los retenes. Los planes para otro evento conmemorativo fracasaron por falta de permisos y otros problemas.

Breda lamenta que “las generaciones posteriores no tuvieron la oportunidad de experimentar algo que a mí me pareció tan hermoso”.

Pero añade que para ella es “algo que jamás podría repetirse”.

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El periodista de AP Michael Hill contribuyó a este despacho desde Albany, Nueva York.

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