MANAGUA (AP) — Jairo Bonilla estaba en un seminario en Managua la primavera pasada, participando en conversaciones mediadas por la Iglesia católica para tratar de poner fin a la sangrienta crisis política de Nicaragua, cuando durante un receso se le acercaron dos compañeros de estudios para amenazarlo.

"Cuando te miremos, vas a ver", dice Bonilla que le advirtió uno de ellos, Leonel Morales, presidente de un gremio estudiantil de la Universidad Politécnica de Nicaragua, financiada por el gobierno y donde ambos estudiaron. "Tu familia va a llorar lágrimas de sangre", agregó el líder de la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua.

"Ya sabes dónde encontrarme”, contestó Bonilla.

Eso fue entonces. Ahora el joven de 20 años, un líder de las protestas estudiantiles contra el gobierno del presidente Daniel Ortega, está escondiéndose, tratando de ignorar las amenazas que le llegan regularmente en Facebook y en mensajes de texto. Ha sobrevivido cuatro meses en la resistencia al gobierno de Ortega. Ahora el movimiento estudiantil que él ayuda a dirigir es en gran parte clandestino.

Cientos de personas han muerto en la brutal represión del gobierno de las protestas que estallaron en abril. Más de 2.000 personas han sido detenidas mientras las fuerzas de seguridad buscaban a los participantes, entre ellos unos 320 que siguen detenidos. Muchos dicen que las autoridades han abusado de ellos, incluso con palizas graves y torturas. El estribillo común de "no tenemos miedo", que se coreaba en las primeras marchas estudiantiles, dejó de escucharse.

"Ortega logró su objetivo", dijo Bonilla en una entrevista reciente, realizada en un lugar secreto. "Logró que tuviéramos miedo", agregó.

Luego de ser expulsados de sus campus universitarios, los estudiantes que se han enfrentado a Ortega tienen un futuro incierto. Muchos han huido del país y otros están dispersos en casas de seguridad.

Algunos se están recuperando de heridas de bala que sufrieron durante la represión del gobierno o luchan con traumas psicológicos, mientras Bonilla y otros líderes estudiantiles tratan de llamar la atención internacional y trazar estrategias para mantener la presión en su país.

Bonilla se unió al levantamiento contra el gobierno de Ortega a mediados de abril, furioso _como muchos de sus compañeros de clase_ por la respuesta violenta del gobierno a las protestas de los jubilados, molestos por los recortes a los beneficios del seguro social.

Después de que las marchas rápidamente se convirtieron en un llamado general para la expulsión de Ortega y que las bajas estudiantiles aumentaron, Bonilla se ofreció como voluntario para representar a sus compañeros de estudios en las conversaciones mediadas por la Iglesia para tratar de poner fin a la crisis.

Ese esfuerzo duró poco. Durante un discurso ardiente en julio, Ortega acusó a los obispos católicos que organizaron la mediación de ser "golpistas" que buscaban su expulsión y dijo que no estaban calificados para ser mediadores. Las conversaciones no se han reanudado.

Con el control de las universidades del país y otros bastiones de la oposición ahora firmemente en manos del gobierno, Ortega _en el poder desde 2007_ ha prometido que permanecerá en el cargo hasta por lo menos 2021, cuando finalice su último mandato. Ha calificado de "terroristas" a quienes participaron en las protestas, diciendo que fueron manipulados por fuerzas externas.

En estos días, Bonilla pasa su tiempo en su escondite, tratando de prepararse para el día en que se reanuden las conversaciones con el gobierno. Lee textos de economía política, estudia tácticas de negociación y absorbe todo lo que puede sobre la historia de Nicaragua en línea. Ha cambiado de casa de seguridad dos veces desde junio.

Aun así, la situación de Bonilla es mejor que la de otros.

Sigue viviendo en Nicaragua y todavía se escabulle a las calles, con la cara tapada con un pañuelo, para participar en marchas más pequeñas de protesta que continúan esporádicamente a pesar de los arrestos y el creciente número de muertos. Otros estudiantes fueron encerrados durante días en un cobertizo u obligados a esconderse en el fondo de un pozo mientras las fuerzas del gobierno los buscaban.

Ahora hay una tensa calma en Managua, después de la violenta represión del gobierno. Las fuerzas oficiales ya han retirado las barricadas de piedras que, durante el apogeo de las protestas, erigieron en las carreteras principales y fuera de barrios enteros los estudiantes y otros opositores al gobierno. Sin embargo, hay poca actividad después del anochecer: muchos restaurantes están cerrados y la gente se apresura a volver a casa, temerosa de los civiles armados y enmascarados que trabajan en coordinación con la policía, que patrulla las calles.

En los momentos en que no están preocupados por ser descubiertos o por saber de dónde vendrá su próxima comida, muchos de los que se esconden se desaniman ante un futuro que se está deshaciendo. "Nosotros queremos continuar con nuestras vidas normales", dijo Bonilla.

Una mujer de 25 años, que estudiaba la maestría en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua antes de unirse al movimiento de resistencia estudiantil, debió ir a un segundo país de exilio. A principios de mes huyó a Costa Rica, donde esperaba establecer una red de apoyo para los que se escondían en Nicaragua, pero los rumores de informantes del gobierno entre los exiliados nicaragüenses allí la obligaron a partir de nuevo. Ahora se encuentra en un tercer país centroamericano.

"No veo mi futuro", dijo la mujer, que habló a condición de no ser identificada porque espera regresar a Nicaragua algún día. "Tenía planeado para este año que iba a comenzar nuevamente las clases por lo menos para finalizarla (la maestría), pero ahora no tengo rumbo".

Entre quienes se esconden en la capital nicaragüense está un exalumno de 20 años de la universidad nacional, que perdió gran parte de la movilidad en el brazo y la mano derecha después de recibir un disparo de las fuerzas de seguridad el 23 de junio, mientras ayudaba a atender a los estudiantes heridos mientras eran atacados.

La bala entró en un costado y se alojó detrás del omóplato, lo que requirió una cirugía extensa. Estuvo hospitalizado durante 11 días y sufrió daños en los nervios, pero los médicos le dicen que podría recuperarse con unos meses de terapia física intensiva.

En cambio, está en una casa de seguridad con su hermano de 18 años, que también está escondido. Ambos se negaron a ser identificados por temor a ser arrestados.

El hermano menor dijo que tienen problemas para dormir, atentos al tránsito que pasa y pensando que en cualquier momento podrían ser descubiertos. "Ya todos hemos estado allí en la lucha. Ellos nos conocen", dijo, en alusión a las fuerzas de seguridad.

"Desde el momento en que nosotros decidimos entrar en la lucha, todos sabíamos que iba a llegar un momento en el que íbamos a ser perseguidos. En el caso de que la lucha no se gane y que siga el régimen en su puesto, creo que sería ya básicamente el fin de nuestras vidas, porque no podríamos ir a la universidad de nuevo. No podemos andar tranquilamente en las calles", agregó.

Hugo Torres, un comandante guerrillero que una vez luchó con Ortega durante la revolución de Nicaragua de 1979 y que ahora es general retirado del ejército nicaragüense, dijo que es natural que los estudiantes que no han experimentado tal lucha antes vean ahora un futuro más oscuro y repentinamente más complicado para ellos.

"Estas luchas tienen sus, como la marea, sus flujos, sus reflujos", dijo Torres, quien rompió con Ortega hace dos décadas y que ahora es vicepresidente del opositor Movimiento Sandinista de Renovación. Dijo que hay tiempo para llorar a los muertos, "pero eso no significa que se caiga en su ánimo o que renuncie a la lucha".

"La historia de Nicaragua es una historia de guerras civiles con pequeños intervalos de paz", opinó Torres. "Estamos obligados a romper este ciclo", añadió.

Bonilla está de acuerdo.

"Y sí tenemos miedo... en ser masacrados, en ser arrestados, pero si es un precio que tenemos que pagar, lo vamos a hacer por una Nicaragua libre", aseguró.