MARAWI, Filipinas (AP) — El sonido esporádico de los disparos y las explosiones sacudía el martes la ciudad de Marawi, donde soldados filipinos luchaban por controlar las últimas bolsas de resistencia de milicianos extremistas mientras el presidente, Rodrigo Duterte, daba por liberada de “influencia terrorista” la ciudad sureña.

El Ejército, animado tras la muerte de dos importantes líderes milicianos en un tiroteo el día anterior, confía en que esta sea la última fase de la operación contra unos milicianos que han quedado atrapados en una zona de unas dos hectáreas (5 acres), según los militares.

Duterte visitó el martes la devastada ciudad y ofreció un breve discurso desde un escenario en un destrozado campus escolar a más de un kilómetro de la zona de combates. Allí anunció la liberación de la localidad, entre vítores de los soldados que escuchaban bajo la lluvia.

“Damas y caballeros, por la presente declaro a la ciudad de Marawi liberada de la influencia terrorista”, dijo.

De lado a lado del escenario, un gran cartel mostraba las fotografías de los líderes milicianos caídos.

La declaración de Duterte indica que la amenaza de los milicianos, que luchan en Marawi desde el 23 de mayo, está prácticamente acabada, explicó a The Associated Press el general Eduardo Ano, jefe del Ejército.

“No tienen líderes y no tienen más organización”, dijo. “Sigue habiendo escaramuzas”.

Quedan entre 20 y 30 combatientes, señaló el portavoz militar Restituto Padilla, incluidos de seis a ocho extranjeros. Tienen unos 20 rehenes, incluidos mujeres y niños. Señaló. Habrá que revisar hasta 80 edificios para buscar explosivos.

Marawi, un centro de fe islámica con numerosas mezquitas en un país de mayoría católica, ha quedado devastada en los enfrentamientos desde que varios milicianos aliados con el grupo extremista Estado Islámico tomaron la ciudad el 23 de mayo. Han muerto más de 1.000 personas, incluidos unos 800 extremistas.

La inesperada ocupación de la ciudad y la participación de combatientes extranjeros hicieron sonar las alarmas en el sureste de Asia y Occidente. Varios analistas dijeron que parte del sur de Filipinas corría el riesgo de convertirse en una nueva base para el grupo EI, que estaba perdiendo territorio ante fuerzas internacionales en Irak y Siria.