PALONG KHALI, Bangladesh (AP) — Es una escena se ha repetido con desgarradora regularidad a medida que cientos de miles de musulmanes rohingya huyen de la persecución en Myanmar a la vecina Bangladesh: grupos de personas exhaustas y aterradas cruzan el río Naf y se desploman junto a la frontera a la espera del permiso para entrar.

El jueves, al menos 2.000 personas aguardaban en los arrozales que la guardia fronteriza les permitiera entrar a Bangladesh. Hace dos días que esperan y si bien los socorristas les han dado alimentos, el permiso no llega.

Entonces esperan agazapados en el lodo. Los niños cargan a sus hermanos menores. Los adultos cargan a los ancianos. A falta de suficiente agua potable, algunos beben de los canales alrededor de los campos.

Muchos de ellos han caminado hasta 10 días para llegar al río. Por el camino, dicen, los soldados les han quitado el escaso dinero que llevan e incluso bienes como hojas de plástico.

Todos están hambrientos y agotados. Algunos se desploman. Otros abrazan a sus niños y lloran.

El éxodo rohingya comenzó el 25 de agosto cuando los insurgentes atacaron decenas de retenes policiales. La venganza de las autoridades de Myanmar fue inmediata y brutal. Cientos de aldeas rohingya incendiadas en el estado de Rakhine. Gente violada o asesinada por soldados y turbas budistas.

La violencia, calificada por la ONU de limpieza étnica, ha expulsado a más de 600.000 musulmanes rohingya a Bangladesh.

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