DETROIT (AP) — Bobby Hines sonrió al abrazar a la hermana del hombre por cuyo asesinado fue condenado a cadena perpetua.

Había pasado 28 años detrás de las rejas y desde hacía tiempo quería conocer a Valencia Warren-Gibbs, hablar con ella sobre la noche de 1989 en que su hermano James recibió un balazo después de una pelea con Hines y otros dos individuos.

Con tan solo 15 años, Hines fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad bajo palabra. Ahora que había sido excarcelado a los 43 años, trata de salir adelante en una ciudad de la que se despidió cuando cursaba el octavo grado. Ya había encontrado trabajo, disfrutaba de su primera comida en un restaurante y este domingo, 20 días después de ser liberado, había venido a sentarse a hablar con la hermana de su víctima y a asumir su responsabilidad en la muerte de Warren.

“¿Sabes por qué lo hago”, le dijo a la mujer. “Nunca me podré olvidar de lo que hice”.

Tal vez no pueda olvidar, pero sí ofrecer disculpas y tratar de aprovechar al máximo esta nueva oportunidad que le dio la vida, en un mundo desconocido, muy distinto al que dejó hace casi tres décadas.

La excarcelación de Hines se produjo después de que la Corte Suprema amplió el año pasado una prohibición de las condenas a cadena perpetua sin posibilidad de libertad bajo palabra para los menores que cometen delitos de modo tal que incluyese a quienes ya estaban presos. Esto hizo que se reconsiderasen las sentencias de decenas de reos en Michigan y otros estados. Numerosos presos condenados siendo adolescentes esperan recibir nuevas sentencias, según una investigación de la Associated Press.

Para algunos, salir de prisión después de pasar décadas encerrados es como un viaje en el tiempo. No para Hines, uno de 99 reos de Michigan que han recibido nuevas sentencias hasta ahora.

“Estuve preso 28 años”, expresó, “pero no siento como que estuve en una institución” carcelaria.

Fue liberado una mañana de septiembre. Al salir se encontró con su hermana Mayra, quien lucía emocionada y apoyó su cabeza en un hombro de su hermano.

“Lo conseguimos”, dijo Hines en voz casi inaudible, como si cruzase una línea de llegada imaginaria.

Mayra es el principal apoyo que tiene su hermano. Los padres de ambos fallecieron. Hines también contó con la ayuda de Project Reentry, un programa estatal en el que estudiantes de la carrera de trabajador social ayudan a los condenados de por vida como adolescentes a prepararse para salir de la cárcel. Un estudiante se encontró con Hines y le llevó fotos de la casa de Mayra como parte del plan de reinserción que se le presentó al juez que dictó una nueva sentencia.

“Hay que dar pequeños pasos”, dijo Valerie Newman, abogada de Hines. “Debes aprender muchas cosas”.

Para Hines, salir de la cárcel fue como volver a nacer. “Si mueres y te vas al infierno y ves toda la destrucción y las matanzas que hay allí y Dios te devuelve la vida y te da otra oportunidad... Así es como se siente uno”.

El primer día, después de reunirse con el funcionario encargado de vigilar su libertad bajo palabra y de llegar a la casa de su hermana, Hines se sentó en una mesa del patio con sus posesiones más preciadas: poemas y ensayos que escribió en la cárcel para no perder la cordura. Leyó un poema que escribió sobre el paso del tiempo: “El tiempo está perdiendo 27 de tus malditos años. El tiempo es una prisión. El tiempo es paciencia. El tiempo es fuego e ira. El tiempo es el señor James Warren, a quien maté en la cuadra”.

Hines se recostó en la silla para analizar sus propias palabras.

“Lo principal en la prisión... es poder enfrentar lo que uno hizo”, señaló. “Cuando puedes hacerle frente a las cosas que te dan miedo... solo entonces puede seguir adelante y tratar de ser una mejor persona”.

Hines dice que lo conmovió la hermana de Warren, Valencia, y su padre, Henry, quien apoyó su excarcelación en una vista en marzo. El juez impuso una nueva condena de 27 a 60 años, despejando el camino para que Hines quedase en libertad bajo palabra. Según documentos legales, Warren, de 21 años, se llevó la chaqueta de un muchacho que le debía dinero por la venta de drogas. El chico reclutó entonces a Hines, quien no fue el que disparó, y otros dos amigos para confrontar a Warren.

Warren-Gibbs conocía la fecha en que Hines sería excarcelado y todo el día pensó en su hermano. Sentía celos de que Hines pudiese reunirse con su hermana, pero al mismo tiempo se sentía feliz de que fuese liberado. “Para mí”, explicó, “el perdón es algo tan importante como el oxígeno”.

Hines pensó en Warren todo el día y comprendía el dolor de su familia. “Si en algún momento me necesitan, estaré con ellos al 100%. Perdieron a un ser querido y yo estoy libre”, expresó. “Permítanme tomar ese lugar. Aportar algo”.

Casi tres semanas después, Hines y Warren-Gibbs se sentaron en una mesa y plantaron las semillas de una inusual amistad.

Hablaron por más de tres horas en la oficina de la abogada de Hines, quien aseguró que jamás alentó a nadie a que le disparasen a Warren, pero dijo que lamenta no haber hecho algo. “De haber sido más sabio... pude haberlo impedido”, afirmó.

Warren-Gibbs le dijo a Hines que le había escrito varias cartas a lo largo de los años, pero nunca se las había enviado. “Ojalá hubiera podido hacer algo más para ayudar”, manifestó.

De repente comenzaron a hablar del futuro y Warren-Gibbs le dijo a Hines que ojalá pudiese ser una especie de hermano adoptivo.

“Si necesitas un hermano, aquí estoy yo”, respondió Hines. “Si me necesitas, llámame”.

Intercambiaron números de teléfono, posaron para fotos y se despidieron con un fuerte abrazo.

“Bienvenido a casa”, le dijo Warren-Gibbs, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.