CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Apenas llegó a la Ciudad de México para ayudar en las tareas de rescate, el bombero Luis David Pérez recordó lo que sus profesores le habían dicho sobre el sismo de 1985, el más mortal que ha sacudido el país.

Sus maestros, bomberos de Xalapa, viajaron hace 32 años a la capital mexicana para ayudar en las labores de rescate. Tras esa experiencia, Pérez recuerda que le advirtieron en varias ocasiones que era como “una zona de guerra y que había muertos por todos lados”.

Y esa misma escena fue la que se le apareció a Pérez al llegar a la capital mexicana el martes en la madrugada, horas después del sismo de 7,1 grados.

“La verdad es que sí era muy triste e impotente ver a tantas personas buscando a sus familiares por todos lados”, dijo a la AP el bombero de 22 años.

“Sentí miedo, impotencia, tristeza. Pero me alentó ver la motivación de la gente”, dijo sobre el apoyo de los voluntarios a las fuerzas de seguridad y a los rescatistas. El jueves, Pérez hizo una pausa para comer ceviche en un albergue improvisado en una de las áreas más golpeadas por el movimiento telúrico en el centro de la ciudad.

El sismo de 1985 tuvo una magnitud de 8.

Pérez forma parte de un grupo de cuatro bomberos que viajaron unas cinco horas en autobús desde Xalapa, la capital del estado de Veracruz y a casi 300 kilómetros de la Ciudad de México. Llegaron para unirse a miles de civiles, hombres y mujeres de todas las edades, que participaban también como voluntarios en las calles - desde médicos y enfermeros hasta personas que hacían cadenas humanas para transportar los escombros a camiones.

Hasta el jueves los cuatro bomberos de Xalapa habían participado en el rescate de 11 cadáveres, pero no habían conseguido sacar de los escombros a ninguna persona viva.

Tras más de 10 horas de trabajo y cuatro de descanso en la noche anterior, acudieron al albergue para descansar y retomar fuerzas. En el sitio, una galería de arte en una casona antigua de dos pisos, había decenas de colchonetas, cobijas y almohadas en el piso para personas que fueron desalojadas de sus hogares porque colapsaron o corren riesgo de caerse.

Voluntarios con chalecos verdes y anaranjados entregaban agua, manzanas, galletas y medicinas a rescatistas y residentes del área.

“Una cosa que nos hace estar aquí es la humanidad, el querer apoyar y saber que podemos generar un cambio trabajando”, dijo Alejandro García, otro de los bomberos que viajó con Pérez.

Sentados en una mesa junto a voluntarios civiles, los bomberos dijeron que ellos también sentían miedo y frustración por no haber podido rescatar personas con vida.

“El daño material es mayor al que me imaginaba”, dijo García.

Pérez coincidió: “se siente mucho miedo de que algunos edificios colapsen o de que venga una réplica”.