PUERTO PRÍNCIPE, Haití (AP) — Changlair Aristide se ha ganado la vida en un paisaje humeante, infernal, entre los desechos malolientes de un país pobre. Como otros miles de personas, Aristide, que tiene nueve hijos, sobrevive hurgando el vertedero Truitier, al norte de la villa miseria de Cite Soleil, en Puerto Príncipe.

Camiones de basura llegan al sitio las 24 horas al día, dejando 100.000 toneladas de desecho cada mes en un espacio de 81 hectáreas (200 acres). Humo oscuro llena el aire mientras arde la basura. La violencia estalla cuando con los chatarreros se disputan los hallazgos más valiosos.

La desesperación y la miseria apagan cualquier sensación de optimismo.

"Es el infierno en la tierra", dice Aristide, de 36 años, que ha estado hurgando entre la basura desde 1994 y originalmente vio el trabajo como una forma de enriquecerse en el país más pobre del hemisferio occidental.

Aproximadamente 60% de los casi 10,5 millones de haitianos pasan trabajos para sobrevivir con apenas dos dólares diarios o menos. Un reporte de la Agencia para el Desarrollo Internacional dijo que aproximadamente la mitad de la población está desnutrida.

Con sus ganancias del vertedero, Aristide compró dos cerdos y construyó una vivienda con acero corrugado junto al borde de Truitier, donde vive con su esposa y tres de sus hijos. Cada día, pasa horas revisando la basura, a menudo trabajando hasta la noche para llenar una bolsa con materiales que vende cerca.

"Busco todo tipo de cosas para vender y mantener a mi familia porque no quiero que mis hijos me sigan en este pésimo trabajo", dice. "A veces Dios me ayuda. He encontrado cosas buenas en la basura, como leche, jamón, queso, arroz, pan, vino, champán y juguetes". Duce que también ha encontrado ropa, marihuana y hasta una pistola, que vendió.

Sin embargo, el riesgo de enfermarse es constante.

El vertedero, donde viven unas 500 familias, es el centro de brotes de cólera cuando el área se inunda en la temporada de lluvias. Desechos tóxicos se filtran en el suelo, llegando a las fuentes de agua.

"No tenemos inodoros aquí", dice Rene Phanor, un residente que trabaja además para una organización de ayuda.

Él y otros dicen que los chatarreros a menudo sufren de males respiratorios crónicos, dolores de cabeza e infecciones contraídas por el uso de jeringas.

"Vivimos en una situación inhumana", dijo Phanor, que añade que no hay clínicas de salud en el lugar.

Aun así, los residentes han creado su propia comunidad, compartiendo el tiempo libre en charlas con amigos o jugando fútbol

"Estamos lo más bajo entre lo bajo porque vivimos donde vivimos y hacemos lo que hacemos", dice Aristide, que lucía un chaleco de la ONU que halló en la basura. Usaba una mascarilla para protegerse.

Recuerda que antes del derrocamiento del presidente Jean-Bertrand Aristide en una rebelión en 2004, él tenía suficiente dinero para comprar zapatos, camisetas y pantalones, pero dice que la vida en el vertedero se ha vuelto más difícil a medida en que la gente ha comenzado a reciclar y que este año no les pudo comprar nada nuevo a sus hijos.

"La vida es así, con altibajos", dijo Aristide. "Ellos van ir a la escuela de todas formas, aunque tenga que vender mi cerdo. Los amo".