CIUDAD DE MÉXICO (AP) — El triunfo aplastante de Andrés Manuel López Obrador en la elección presidencial marcó un abrupto fin para el monopolio de poder del cual disfrutaba el Partido Revolucionario Institucional; un dominio de casi un siglo que fue caldo de cultivo para la corrupción junto con un extenso sistema asistencialista.

La noche del domingo hubo algunas lágrimas, pero ninguna sorpresa o ira evidente entre los trabajadores de campaña que salían de la sede del PRI luego de que su candidato reconociera la victoria de López Obrador minutos después de que cerraran las casillas de votación. El partido terminó en un distante tercer lugar.

López Obrador, un populista y autoproclamado izquierdista, mantuvo una ventaja de dos dígitos en las encuestas a lo largo de la campaña, mientras que el mensaje del candidato del PRI, José Antonio Meade, nunca despegó.

¿Qué fue lo que sucedió?

En la amplia acera frente a la oficina del PRI, Ernesto García Elizalde se recargó en su bastón para considerar la pregunta y el camino que podría tomar el partido al que se unió y ha apoyado con vehemencia desde 1964.

Meade, un tecnócrata de trato amable con puestos de gabinete en diversos gobiernos del PRI, luchó en vano para enfrentar el problema de la corrupción, que fue el tema central de la campaña de López Obrador y que resonó con fuerza entre los mexicanos.

“No hay que inventar el hilo negro. Sabemos por qué perdimos. No perdimos porque tuviéramos un mal peleador, perdimos por todo el lastre que tenemos”, manifestó García.

Mientras los empleados de la campaña se escabullían discretamente tras la derrota del domingo, entre los cláxones de celebración de los vehículos que pasaban, García se lamentó por la media docena de exgobernadores del PRI que estaban o encarcelados, o haciéndole frente a cargos de corrupción o vínculos con el crimen organizado.

“La gente votó contra la corrupción que se generó y se dejó crecer en el partido”, dijo.

Con casi 94% de las urnas contadas, Meade sólo logró 16,4 % de los votos, una tercera parte del logrado por López Obrador. Apenas en 1976, el PRI obtuvo 100% de los sufragios para su candidato sin oposición.

El PRI también se encamina a perder todas las gubernaturas en juego e incluso la mayoría de las alcaldías y escaños en su último bastión urbano, el Estado de México, que prácticamente circunda a la Ciudad de México.

Un empleado de la campaña que pidió anonimato para hablar del ambiente al interior de la sede del PRI, dijo que el resultado del domingo fue “anticlimático” y lo comparó con la muerte de un pariente muy enfermo.

Todos sabían desde hacía algún tiempo lo que iba a suceder, pero cuando finalmente sucedió aún no estaban del todo preparados, dijo el empleado. “Así fue toda la campaña”.

Durante décadas, el PRI funcionó como una dictadura en serie, en la que cada presidente gobernaba por seis años con poder prácticamente absoluto y luego escogía a su sucesor, que ganaría las elecciones amañadas.

Cuando perdió la presidencia por primera vez en 2000 luego de una serie de paulatinas reformas democráticas, hubo sorpresa y una ira visible entre sus miembros.

Restaron importancia a la victoria del advenedizo Partido Acción Nacional y sus candidatos que no habían pasado por las filas del PRI, el tradicional terreno de entrenamiento de los políticos mexicanos, y se mofaron de la idea de que lograrían gobernar eficazmente.

Y tal como lo predijo el PRI, los dos presidentes del PAN trastabillaron y sus iniciativas eran aprobadas en el Congreso sólo con la ayuda del PRI, que retomó el poder en 2012.

Pero el partido echó a perder su oportunidad de regresar con una serie de escándalos de corrupción que culminaron con la victoria de López Obrador el domingo.

El presidente del PRI, René Juárez Cisneros, parecía señalar los pasos necesarios para reparar los daños en un discurso posterior al de Meade. Estaba salpicado de palabras como “responsabilidad” y “honestidad”.

“En las próximas horas y en los días subsecuentes, habremos de hacer una gran convocatoria para hacer una profunda reflexión para encontrar el camino hacia adelante, para encontrar las razones y causas para estar en esta circunstancia que hoy nos enfrentamos”, manifestó.

El politólogo Jesús Silva Herzog dijo que aunque la derrota del domingo era el reto más grande para el PRI hasta ahora, estaría mal considerarlo un golpe mortal.

“Yo creo que al PRI lo hemos dado por muerto muchas veces antes”, señaló.

Sin embargo, tras la derrota del 2000, el PRI todavía tenía una fuerte presencia legislativa. Ahora López Obrador podría amasar una mayoría de dos terceras partes en el Congreso sin siquiera consultar al PRI.

“Hoy tengo la impresión de que el PRI podrá ser prescindible”, acotó Silva Herzog.

Aun así, el partido cuenta con baluartes rurales. Podría sobrevivir durante años en estados escasamente poblados en donde todavía tiene gubernaturas, como Campeche, Coahuila, Sonora y San Luis Potosí.

Pero incluso en esos estados, López Obrador superó en encuestas a Meade, y el generoso financiamiento del gobierno que el PRI utiliza para pagar a su personal y publicidad, probablemente será reducido, ya que está basado en proporción de votos.

La gente que saturó las calles la noche del domingo para celebrar la victoria de López Obrador no fue generosa hacia el PRI.

Mostrando un cartel de López Obrador, el estudiante de leyes de 26 años, Hugo Moreno, declaró: “El PRI está dando patadas de ahogado”. La maestra retirada Susana Zúñiga, advirtió al PRI que “debe sentarse y aprender de sus errores”.

En la sede del PRI, García parecía hacer justo eso, y dijo que el partido tenía que trabajar más duro para escoger a candidatos honestos que no hubieran perdido contacto con su base.

“Sus raíces son muy profundas”, dijo García del partido. “Sí, va a costar mucho trabajo, no reconstruirlo, sino nuevamente aglutinarlo... reformar una serie de cosas, quitar lo malo y dejar lo bueno”.

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La periodista María Verza de Associated Press contribuyó a este despacho.