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Restos de muertos anónimos en guerra descansan en Guatemala

July 9, 2018
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En esta imagen, tomada el 21 de junio de 2018, residentes caminan detrás de féretros en el cortejo fúnebre de 172 personas no identificadas que fueron exhumadas de lo que en su día fue un campo militar, antes de ser enterradas en la misma zona, en San Juan Comalapa, Guatemala. Según Naciones Unidas, unas 200.000 personas fueron asesinadas y 45.000 más desaparecieron en los 36 años que duró la guerra civil en Guatemala. (AP Foto/Rodrigo Abd)

SAN JUAN COMALAPA, Guatemala (AP) — En esta pequeña localidad rural de Guatemala, los restos anónimos de algunos de las decenas de miles de desaparecidos durante la sangrienta guerra civil pueden por fin descansar en paz.

Las mujeres de San Juan Comalapa, a unos 80 kilómetros (50 millas) al oeste de la Ciudad de Guatemala, pasaron años ahorrando y recaudando donaciones para comprar un terreno donde en su día se levantó un campo del ejército. Durante el conflicto (1960-1996), gente de todo el país fue secuestrada y llevada allí por los soldados, antes de ser torturados, asesinados y enterrados en fosas comunes.

Desde 2003, antropólogos forenses recuperaron al menos los restos de 220 personas en la localidad, pero solo un cuarto de ellos pudieron ser emparejados con sus familias. Los huesos que no pudieron ser identificados han sido sepultados ahora en el bosque del antiguo campo, con tres de las fosas comunes abiertas en un guiño a la memoria histórica.

Recientemente, un camión pasó por allí con 172 ataúdes atados a su remolque. Eran más pequeños que los féretros normales ya que solo contenían huesos en lugar de esqueletos completos. Mujeres vestidas con coloridas faldas bordadas y chales blancos portaron ramos de flores en una solemne procesión detrás del vehículo.

Marivel Yolanda Rucuch mostró retratos de su padre, Juan Rucuch, y de su tía, Virgilia Quina, que desaparecieron hace décadas supuestamente a mano de soldados. Prudencia Machan, cuya hija desapareció en 1981, lloraba haciendo más profundas las arrugas de su rostro de 76 años.

La noche anterior, en el centro de la localidad, las mujeres habían puesto hierba y pétalos de flores sobre el piso de concreto de un centro comunitario mientras bendecían a los ataúdes con oraciones e incienso.

En el lugar donde descansarán, rodeados de frondosos árboles y matorrales, hay una vivienda _ o “nimajay” en la lengua indígena kakchikel _ con cruces de color azul pintadas en la pared. Junto al mausoleo se colocó una placa de granito con los nombres de los desaparecidos.

Coloridos murales cuentan la historia de lo que allí ocurrió, como les fue revelado a las mujeres en sueños e interpretado por los artistas que contrataron para dar forma a sus visiones.

A través del arte “podemos reclamar la existencia de las víctimas” y educar a los jóvenes nacidos tras la guerra, señaló Uriela Cumes, una de las artistas kakchikel implicadas en el proyecto.

El sitio reserva también un lugar para el reconocido antropólogo estadounidense Clyde Snow, quien trabajó en las desapariciones en Guatemala antes de su muerte en 2014.

“Pidió que sus restos descansaran aquí en Comalapa”, explicó Rosalina Tuyuc, quien perdió a su padre y a su esposo y lidera una organización nacional de viudas kakchikel que reclama justicia.

Según Naciones Unidas, unas 200.000 personas fueron asesinadas y 45.000 más desaparecieron en los 36 años que duró la guerra civil en Guatemala. Alrededor del 97% de las víctimas murieron a manos del ejército y de grupos paramilitares.

En el caso de los restos anónimos enterrados en San Juan Comalapa en el Día Nacional contra la Desaparición Forzada, se abrió una base de datos con su información genética para que sus familiares puedan localizarlos en el futuro.

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