RIO DE JANEIRO (AP) — Todavía está oscuro cuando Emo Rodrigues da Costa pone en marcha su barquito pesquero y maniobra cuidadosamente entre la basura y el barro pútrido de la Bahía de Guanabara, que recibe las aguas residuales de Río de Janeiro.

Durante 30 años, da Costa ha recorrido la bahía que albergará las competencias de vela de los Juegos Olímpicos del 2016, tendiendo sus redes bajo una tenue luz rosada del amanecer para pescar róbalos, atún patudo del Atlántico y camarones.

Lentamente, año tras año, la pesca ha ido disminuyendo.

En un buen día hace dos décadas, la jornada generaba pescados por valor de 200 dólares. Hoy, según da Costa, tiene suerte si saca 50 dólares. A veces los objetos que encuentra flotando son más valiosos que lo que pesca, como un día reciente en el que halló dos grandes tablones de madera y los subió al bote.

Una treintena de pescadores como da Costa trabajan en las dársenas que se encuentran al pie de la carretera que conduce al aeropuerto internacional del Río, donde confluyen las aguas contaminadas de los canales de Fundao y Cunha que van a parar a Guanabara. Atribuyen la escasa pesca a la contaminación derivada de los desperdicios industriales y de las aguas residuales.

"Convivimos con este basural", afirmó da Costa. "No se hace nada para limpiarlo".

Los pescadores ponen a la venta sus pescados en un mercado en el muelle, a precios más bajos que los de los supermercados.

Estudios de biólogos y expertos en la salud recomiendan que los peces de la bahía sean "bien cocinados" para matar cualquier bacteria o virus. Pero las autoridades nunca han dicho que esos peces no se pueden comer.

Los funcionarios municipales de Río aseguran que están tomando medidas para cumplir la promesa hecha al Comité Olímpico Internacional de que reducirán la contaminación de la bahía en un 80%.

Sin embargo, da Costa y los otros pescadores de la bahía aseguran que no se percibe mucha mejoría. La marea trae cantidades de basura todos los días y ni se molestan en tratar de limpiar las dársenas. El mar trae consigo hasta el último de los objetos tirados a los ríos que fluyen hacia Guanabara.

Manuel Batista de Moraes, quien tiene 76 años y ya no se va de pesca, sobrevive arreglando redes. Dice que abunda el trabajo porque los desperdicios rompen las redes todo el tiempo.

"Antes pescábamos todo tipo de peces en este canal", relata mientras trabaja en una red junto a gatos que buscan restos de peces. "Ahora está lleno de basura y más basura".

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