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Con monumentos, mexicanos exigen justicia por tragedias

June 30, 2019
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En esta fotografía del 19 de junio de 2019, un ciclista pasa frente a una estructura de metal con las letras ABC y el número 49, que fue colocado por los padres de los niños que fallecieron en la guardería ABC a causa de un incendio sobre una acera de la Ciudad de México. (AP Foto/Marco Ugarte)

CIUDAD DE MÉXICO (AP) — En la acera frente al Instituto Mexicano del Seguro Social y como bloques de alfabeto apilados en una sala de juegos, hay una instalación de metal grande con las letras ABC y el número 49 pintadas en rosa, azul y verde brillantes que evocan la alegría de la infancia.

ABC es el nombre de una guardería operada por el gobierno que se incendió en el norte de México en 2009 y el 49 es el número de niños que murieron en ese lugar. Otros 70 pequeños sufrieron lesiones de distinta gravedad. Sin embargo, ninguna de las 19 personas acusadas en la tragedia ha pasado un día tras las rejas, y durante los últimos dos años este monumento se ha mantenido desafiante en la entrada de la institución responsable, exigiendo silenciosamente una justicia que se le ha negado por mucho tiempo.

El Paseo de la Reforma de la Ciudad de México, una avenida con rascacielos, hoteles lujosos y oficinas gubernamentales, tiene varias estatuas ornamentales que conmemoran momentos notables en la historia de México, como la independencia de España y el descubrimiento de América por Cristóbal Colón.

En los últimos años, una colección de estructuras espontáneas y semipermanentes, como la del ABC, han surgido en la avenida para recordar a los transeúntes, automovilistas y a las autoridades los dolorosos incidentes de violencia, represión, ineptitud y, sobre todo, de impunidad.

Frente a la Bolsa Mexicana de Valores, un número 65 de color rojo brillante rinde homenaje a las decenas de mineros del carbón que fallecieron en una explosión ocurrida en 2006 en el estado de Coahuila. Sesenta y tres cuerpos siguen enterrados y apenas en mayo pasado el presidente Andrés Manuel López Obrador prometió recuperarlos luego de años de negativas del propietario de la mina y de los gobiernos anteriores.

El número está acompañado por la frase: “A una voz, ¡rescate ya!”

En otro sitio, un círculo púrpura con una cruz debajo _el símbolo reconocido internacionalmente para el género femenino_ y un puño levantado y cerrado exigen “¡Ni una más!”, en relación con los feminicidios. En la base, hay un jardín lúgubre con cruces rosas que tienen inscrito el nombre de los estados del país.

Los llamados antimonumentos son instalados durante protestas, cimentados a un nivel profundo con pilares de metal y concreto para ayudar a garantizar su permanencia y son resguardados la primera noche por varios voluntarios que se turnan.

Después de eso, se vuelven parte del paisaje urbano debido a que ninguna autoridad del gobierno se ha atrevido a retirarlos, quizás permitiéndoles servir como una válvula de descarga para las tensiones y frustraciones que se acumulan.

“Es una expresión del hartazgo de la sociedad”, dijo Liliana Veloz, directora ejecutiva de la Red por la Rendición de Cuentas del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

El incendio en la guardería ABC de Hermosillo, en el estado de Sonora, fue visto como una tragedia que se pudo haber evitado debido a que ocurrió por negligencia. No había detectores de humo ni extinguidores en la instalación y la salida de emergencia se atascó.

En el sitio del antimonumento en una mañana de junio, en el 10mo aniversario del incendio, Loanna Cabanillas leyó en voz alta los nombres de los 49 niños que fallecieron, mientras que otros padres de familia entonaban después de cada uno: “No debió morir”.

Cabanillas, cuyo hijo Daniel Alberto falleció en la ABC tres meses después de su segundo cumpleaños, dijo que llegó a la capital mexicana ese día de luto para luchar por la justicia y por mejores condiciones en los centros de cuidado infantil. Por lo menos 88 niños han muerto en las guarderías del país desde el incendio.

“Tenemos que ser escuchados”, señaló.

A Pedro González se le hizo un nudo en la garganta cuando escuchó el nombre de su hija, Nayeli Estefania, quien tenía casi 4 años cuando murió.

Sosteniendo una fotografía en la que aparece la niña sonriendo y con la cara pintada con alas de una mariposa, dijo que su recuerdo favorito que tenía de su pequeña era cuando llegaba corriendo para despedirse mientras él se dirigía a trabajar en las mañanas.

“¿No se te olvida algo?”, le preguntaba la niña y luego decía: “Que te quiero mucho, papá”.

“No quiero que se olvide”, dijo González. “Ella estuvo aquí”.

En el aniversario, los padres perforaron hoyos en la acera para agregar unas placas con los nombres, fechas de nacimiento y 25 réplicas de bronce de sus zapatos. Luego, retiraron una bandera negra que cubría a la puerta principal del IMSS, diciendo que su conmemoración de las muertes era un insulto cuando las personas que presuntamente son responsables siguen libres.

Aunque las autoridades no han demolido los antimonumentos, las instalaciones son vulnerables ante los ladrones y delincuentes. Alguien retiró ocho pares de los zapatos de bronce, días después de que fueron colocados en el sitio. Los fiscales de la ciudad abrieron una investigación al robo.

Julio César Márquez, cuyo hijo Yeyé falleció en el incendio, dijo que a los padres les entristeció escuchar sobre el robo. “Esperas un mínimo de respeto”, manifestó.

A unas cuantas cuadras de distancia, se encuentra el número 43, pintado de rojo, en un camellón rodeado de plantas con flores y suculentas. Fue colocado por los familiares de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, quienes en 2014 fueron secuestrados por la policía y entregados a miembros de organizaciones de narcotraficantes y no se volvió a saber de ellos.

Las familias de las víctimas y muchas otras personas dudan de la versión oficial de los hechos por parte de los fiscales sobre que los cuerpos fueron quemados en un basurero. El incidente continúa como una de las heridas abiertas más crudas del país.

Un indigente ha adoptado el papel de vigilante, regando las plantas a diario y arrancando las malas hierbas. Los familiares también instalaron una colección de tortugas con mosaicos, dado que Ayotzinapa significa el “lugar de las tortugas” en el lenguaje indígena náhuatl.

Acompañado por el ruido de una sirena de la policía, de un organillo y de los automóviles que pasan al lado de la escultura, el historiador de arte Alberto Híjar dijo que los antimonumentos son una forma para ocupar un espacio público de una manera más permanente que las protestas. Se los instala en zonas muy transitadas, pero sin bloquear el paso a los transeúntes o a los vehículos.

“La historia también es la historia de las represiones, de las masacres, del terrorismo de estado, lamentablemente en auge actual”, comentó.

Su hija, Cristina, quien también estudia arte en espacios públicos, dijo que los antimonumentos eran “alertas visuales” para provocar empatía y recordar a las autoridades mexicanas sus deudas con la sociedad.

Señaló otro antimonumento al otro lado de la avenida que recuerda a dos jóvenes que fueron secuestrados y desaparecieron en 2012 mientras conducían de la capital a una localidad en la costa del océano Pacífico. Cinco personas son secuestradas cada día y el 90% de los homicidios no se resuelven en México.

“Podemos hacer una lista de los antimonumentos que nos faltan”, puntualizó Cristina Híjar.

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