CAMPAMENTO DE REFUGIADOS DE NAYAPARA, Bangladesh (AP) — Abdul Goni dice que, poco a poco, el gobierno de Myanmar estaba matando de hambre a su familia.

Primero, los militares impidieron que este rohinya musulmán completase su caminata de tres horas hasta un bosque para recoger leña que después vendía y así poder alimentar a su familia. Después siete soldados y vecinos budistas le quitaron su única vaca, que alquilaba para fertilizar sus arrozales. Posteriormente, afirma, mataron a su tío y lo colgaron de un alambrado cuando trató de impedir que le robasen sus búfalos.

Cuando vio que por el río vecino a su casa flotaban cadáveres de rohinyas como él asesinados por pescar ilegalmente, supo que su familia moriría si no se iban. En los días buenos, se alimentaban con plátanos. En los malos, sus hijos no comían nada.

“Sufrí mucho al no poder ofrecerles suficiente comida”, expresó el hombre de 25 años entre lágrimas, en un campamento de refugiados de Bangladesh, del otro lado de la frontera con Myanmar. “Nos decían, ‘esta tierra no es de ustedes... los vamos a hacer pasar hambre para que se vayan”.

Primero, masacres, violaciones y la destrucción de aldeas enteros por parte de los militares de Myanmar en la provincia oriental de Rakhine generó la salida de casi 700.000 rohinyas musulmanes que huyeron a Bangladesh. La campaña fue en represalia por ataques de guerrilleros rohinyas el 25 de agosto. Ahora pareciera que se está usando la comida contra los rohinyas que quedan en Myanmar.

Las versiones sobre la falta de alimentos no pudieron ser confirmadas en forma independiente, ya que el gobierno de Myanmar no permite que los periodistas vayan a la provincia de Rakhine, en el norte, donde vivía la mayoría de los rohinyas. Pero más de una docena de entrevistas de la Associated Press con refugiados que se fueron hace poco de Myanmar reflejan una creciente desesperación ante lo que funcionarios de las Naciones Unidas describen como un posible genocidio. La ONU y organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional han advertido sobre la falta de alimentos entre los rohinyas en las zonas donde hay más conflictos y desplazamientos de esa comunidad.

Los militares de Myanmar no respondieron a numerosas llamadas. El gobierno niega que haya una limpieza étnica y dice que combate terroristas. El ministro de bienestar social Win Myat Aye asegura que el gobierno está distribuyendo ayuda a la mayor cantidad de gente posible.

“Hay muchas formas en las que hemos estado llegando a las aldeas”, manifestó. “Por ello no es posible que haya gente totalmente aislada, que no reciba alimentos o que pase hambre”.

Los rohinyas musulmanes que quedan, que son despreciados por la mayoría budista de Myanmar, están encerrados en sus aldeas --a veces en sus casas-- y no se les permite cultivar, pescar, buscar comida, comerciar ni trabajar. En otras palabras, no pueden hacer lo necesario para poder comer. Muchas de estas restricciones no son nuevas, pero últimamente han sido reforzadas, según las entrevistas.

“Era peor que una cárcel”, manifestó Goni, quien finalmente se pudo ir de Hpa Yon Chaung el 5 de enero. “En la cárcel la gente al menos come bien dos veces al día”.

Los rohinyas que llegan a los campamentos de refugiados de Bangladesh muestran niveles de desnutrición “increíbles”, de acuerdo con el doctor Ismail Meher.

“Sin duda están pasando hambre”, dice Mehr, quien atendió hasta hace poco a refugiados en los campamentos. “Vimos deficiencias de vitaminas en los niños y en los adultos; gente muy desnutrida, casi piel y huesos. Parecían imágenes de los campos de concentración nazis”.

Mohammad Ilyas, de 55 años, escapó a Bangladesh con lo que llevaba puesto, una camisa y un sarong (falda asiátaica), junto con varios otros rohinyas. Dice que los soldados y sus vecinos se apoderaron de sus arrozales.

“A veces pasábamos hambre uno, dos, hasta cinco días”, manifestó Ilyas, quien es de la aldea de Ah Nauk Pyin. “El gobierno de Myanmar quiere que no quede ni un solo rohinya. Nos quieren eliminar totalmente”.

Goni dijo que de las 500 familias que vivían cerca suyo, unas 150 huyeron a Bangladesh y que todo el mundo desea irse, pero no tienen suficiente dinero o son muy mayores.

“Algunas familias tienen comida porque almacenaron arroz, pero no puede durar para siempre”, expresó. “Si no pueden llegar a Bangladesh y se les acaba el arroz, solo les queda la muerte”.

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El videoperiodista Rishabh Jain colaboró en este despacho.

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